domingo, 25 de octubre de 2009

EL JUGUETE RABIOSO


La primera novela de Roberto Arlt narra, en cuatro episodios, la lucha de Silvio Astier, un adolescente de catorce años, por escapar de la miseria y la humillación a la que se siente sometido por su condición social, marcada por la marginación y la pobreza:
“(…) No recuerdo por medio de qué sutilezas y sinrazones llegamos a convencernos de que robar era una acción meritoria y bella (…)”.
“(…) Así vivíamos días sin par emoción, gozando el dinero de los latrocinios, aquel dinero que tenía para nosotros un valor especial y hasta parecía hablarnos con expresivo lenguaje.
Los billetes de banco parecían más significativos con sus imágenes coloreadas, las monedas de níquel tintineaban alegremente en las manos que jugaban con ellas juegos malabares. Sí, el dinero adquirido a fuerza de trapacerías se nos fingía mucho más valioso y sutil, impresionaba en una representación de valor máximo, parecía que susurraba en las orejas un elogio sonriente y una picardía incitante. No era el dinero vil y odioso que se abomina porque hay que ganarlo con trabajos penosos, sino dinero agilísimo, una esfera de plata con dos piernas de gnomo y barba de enano, un dinero truhanesco y bailarín cuyo aroma como el vino generoso arrastraba a divinas francachelas.
Nuestras pupilas estaban limpias de inquietud, osaría decir que nos nimbaba la frente un halo de soberbia y audacia. Soberbia de saber que al conocerse nuestras acciones hubiéramos sido conducidos ante un juez de instrucción”
“(…) ¿Qué haría ante el Juez del Crimen? Negar siempre, aunque me cortaran el pescuezo, dijo Silvio (…) A mi no me cachan. Antes matar”
“(…) Por eso hay que envenenar las balas -repuso Lucio-“.
“(…) Nada de lástima-continuó Silvio-Hay que reventarlos, aterrorizar a la cana. En cuanto estén descuidados, balas…a los jueces, mandarles bombas por correo…
Así conversábamos en torno de la mesa del café, sombríos y gozosos de nuestra impunidad ante la gente, ante la gente que no sabía que éramos ladrones (…)”.


Fuente: Fragmento del capítulo uno “Los ladrones”. El mismo fue escrito en 1920 y Roberto Arlt publicó la novela completa, El Juguete Rabioso, en 1926.

LA MANO JUSTA

A un chico de 18 años lo asesinan a mansalva en El Tigre. Los conductores de los noticieros, afectando su voz y su mirada, presentan el hecho como “la inseguridad nuestra de cada día”. Habla la mamá, el relato resulta desgarrador, a su hijo lo fusilaron mientras estaba indefenso y tirado en el piso: termina muriendo en sus brazos. ¿Mirta? ¿Silvia? ¿Adriana? ¿Qué importa su nombre ahora? Está destruida, le han arrancado algo de sus entrañas, dice que ella tendría que haber muerto: los padres nunca están preparados para enterrar a sus hijos.La televisión reproduce todos sus dichos. Los diarios, no. ¿Cuestión de espacio? Puede ser, pero de acuerdo al recorte realizado parece algo más ideológico: la mujer renegó de haber participado de esos espacios de ayuda a delincuentes juveniles, ¿acaso pudo haber ayudado a alguno de los asesinos de su hijo? No lo sabe. Tampoco lo quiere saber, no se lo perdonaría jamás. Ya no le quedan lágrimas, está vacía por dentro. No puede con tanto dolor ¿la animaría el odio o el rencor?Quiere irse del país, es que su esposo también murió a causa de otro hecho de violencia callejera y sólo le queda otra hija. Mira a su alrededor, no ve a ninguno de los organismos por los Derechos Humanos clamando por justicia para su hijo; sí, esos mismos que reclaman por los derechos de los criminales que están presos… es que ¿él no era humano? Y ¿nosotros qué? Silencio, nada, una siniestra elipsis queda expuesta: ¡Matar es humano!Pero hay que entender, che, la extracción social, económica, educativa, psicológica… siempre hay que entender, che, pero no cambiar esa realidad, la misma que pronto celebrará el Bicentenario.El Derecho Romano, entre otras cosas, vino a suplantar y superar a la Ley del Talión. Mentira, no hay justicia para los hombres honestos. Eso sí, la justicia por mano propia debe ser castigada, y de un modo ejemplar. Síntesis: Un Estado totalmente ausente y los delincuentes de parabienes.Hace unos años se quiso imponer como práctica una política de mano dura: un delincuente, una bala. Una bala que muchas veces ni siquiera paga el Estado, sino el propio policía, con su magro sueldo. Un policía pobre también, que trabaja en la línea de fuego, al límite, que lamentablemente muchas veces cruza ese umbral invisible.Después se instaló el concepto de mano blanda, que implica un montón de concesiones a favor de los presos, que lejos están de restaurar su daño a la sociedad y su reeducación, como el uso indiscriminado de teléfonos, desde los cuales, en infinidad de oportunidades, han seguido delinquiendo, realizando secuestros virtuales o dirigiendo operaciones delictivas. Pero es muy humanitario defender estos derechos.Me planteo, ¡qué bueno sería imponer la idea de una mano justa!: un delincuente, un juicio y una pena severa de cumplimiento efectivo. Nada tan complicado. ¿Qué así habría que construir más cárceles? ¡Que se construyan! ¿Qué habría que hacer más escuelas? ¡Qué se hagan también! Pero en el mientras tanto que todos los delincuentes posibles estén presos y no al revés.Cada vez que se conoce el prontuario de alguna de estas lacras, hiela la sangre, e ingenuamente uno se pregunta ¿Por qué estaba libre? ¿Qué hizo el Estado para protegernos? Simple: ¡Nada!¿No será que con esta idea de Mano Justa se podría llegar a terminar con ese círculo vicioso entre políticos, abogados, fiscales, jueces, delincuentes y policías? Al respecto envié el año pasado una carta al correo de lectores del diario Clarín, pero no la consideraron de interés, porque no la publicaron. Quizás en su concepción pluralista resulte más constructivo informar o reproducir estos hechos que constituyen “la inseguridad nuestra de cada día”.Ahora pienso si la idea de Mano Justa no será más democrática. ¿Vivimos en democracia? Desde hace más de treinta años millones de ciudadanos vivimos desamparados, porque en la Argentina, este sistema, parece llevarse mucho mejor con la corrupción y la delincuencia.

EASB

LA CUERDA

Cuentan que un alpinista, desesperado por conquistar una altísima montaña, inició su travesía después de años de preparación, pero quería la gloria sólo para él, por lo tanto subió sin compañeros.
Empezó a subir y se le fue haciendo tarde, y más tarde, y no se preparó para acampar, sino que decidió seguir subiendo pero pronto oscureció.
La noche cayó con gran pesadez y, en la altura de la montaña, ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era negro, cero visibilidad, la luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes.
Subiendo por un acantilado, a unos pocos metros de la cima, se resbaló y se desplomó hacia el vacío, cayendo a una velocidad vertiginosa.
El alpinista sólo podía ver manchas oscuras y tuvo la terrible sensación de ser succionado por la gravedad. Sin embargo, mientras iba cayendo, le pasaron por la mente todos los momentos de su vida, gratos y no tanto. Pensaba que iba a morir... pero, de repente, sintió el fuerte tirón de la soga que lo amarraba de la cintura a las estacas que estaban clavadas en las rocas de la montaña.
En esos momentos de quietud, suspendido en el aire, no le quedó más que gritar: "Ayúdame Dios mío..."
De repente una voz grave y profunda de los cielos le contestó: "¿Qué quieres que haga? ¡Sálvame Dios mío! –suplicó el alpinista. "¿Realmente crees que yo te pueda salvar? ¡Por supuesto Señor! Entonces corta la cuerda que te sostiene…
Hubo un momento de silencio y quietud. El hombre se aferró aún más a la cuerda.
Cuenta el equipo de rescate que al otro día encontraron colgado a un alpinista, congelado, muerto, agarrado con fuerza a una cuerda... y a tan sólo dos metros del suelo.
¿Y vos? ¿Que tan aferrado estás a tu cuerda? ¿Te soltarías?