domingo, 25 de octubre de 2009

LA MANO JUSTA

A un chico de 18 años lo asesinan a mansalva en El Tigre. Los conductores de los noticieros, afectando su voz y su mirada, presentan el hecho como “la inseguridad nuestra de cada día”. Habla la mamá, el relato resulta desgarrador, a su hijo lo fusilaron mientras estaba indefenso y tirado en el piso: termina muriendo en sus brazos. ¿Mirta? ¿Silvia? ¿Adriana? ¿Qué importa su nombre ahora? Está destruida, le han arrancado algo de sus entrañas, dice que ella tendría que haber muerto: los padres nunca están preparados para enterrar a sus hijos.La televisión reproduce todos sus dichos. Los diarios, no. ¿Cuestión de espacio? Puede ser, pero de acuerdo al recorte realizado parece algo más ideológico: la mujer renegó de haber participado de esos espacios de ayuda a delincuentes juveniles, ¿acaso pudo haber ayudado a alguno de los asesinos de su hijo? No lo sabe. Tampoco lo quiere saber, no se lo perdonaría jamás. Ya no le quedan lágrimas, está vacía por dentro. No puede con tanto dolor ¿la animaría el odio o el rencor?Quiere irse del país, es que su esposo también murió a causa de otro hecho de violencia callejera y sólo le queda otra hija. Mira a su alrededor, no ve a ninguno de los organismos por los Derechos Humanos clamando por justicia para su hijo; sí, esos mismos que reclaman por los derechos de los criminales que están presos… es que ¿él no era humano? Y ¿nosotros qué? Silencio, nada, una siniestra elipsis queda expuesta: ¡Matar es humano!Pero hay que entender, che, la extracción social, económica, educativa, psicológica… siempre hay que entender, che, pero no cambiar esa realidad, la misma que pronto celebrará el Bicentenario.El Derecho Romano, entre otras cosas, vino a suplantar y superar a la Ley del Talión. Mentira, no hay justicia para los hombres honestos. Eso sí, la justicia por mano propia debe ser castigada, y de un modo ejemplar. Síntesis: Un Estado totalmente ausente y los delincuentes de parabienes.Hace unos años se quiso imponer como práctica una política de mano dura: un delincuente, una bala. Una bala que muchas veces ni siquiera paga el Estado, sino el propio policía, con su magro sueldo. Un policía pobre también, que trabaja en la línea de fuego, al límite, que lamentablemente muchas veces cruza ese umbral invisible.Después se instaló el concepto de mano blanda, que implica un montón de concesiones a favor de los presos, que lejos están de restaurar su daño a la sociedad y su reeducación, como el uso indiscriminado de teléfonos, desde los cuales, en infinidad de oportunidades, han seguido delinquiendo, realizando secuestros virtuales o dirigiendo operaciones delictivas. Pero es muy humanitario defender estos derechos.Me planteo, ¡qué bueno sería imponer la idea de una mano justa!: un delincuente, un juicio y una pena severa de cumplimiento efectivo. Nada tan complicado. ¿Qué así habría que construir más cárceles? ¡Que se construyan! ¿Qué habría que hacer más escuelas? ¡Qué se hagan también! Pero en el mientras tanto que todos los delincuentes posibles estén presos y no al revés.Cada vez que se conoce el prontuario de alguna de estas lacras, hiela la sangre, e ingenuamente uno se pregunta ¿Por qué estaba libre? ¿Qué hizo el Estado para protegernos? Simple: ¡Nada!¿No será que con esta idea de Mano Justa se podría llegar a terminar con ese círculo vicioso entre políticos, abogados, fiscales, jueces, delincuentes y policías? Al respecto envié el año pasado una carta al correo de lectores del diario Clarín, pero no la consideraron de interés, porque no la publicaron. Quizás en su concepción pluralista resulte más constructivo informar o reproducir estos hechos que constituyen “la inseguridad nuestra de cada día”.Ahora pienso si la idea de Mano Justa no será más democrática. ¿Vivimos en democracia? Desde hace más de treinta años millones de ciudadanos vivimos desamparados, porque en la Argentina, este sistema, parece llevarse mucho mejor con la corrupción y la delincuencia.

EASB

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